Soy un vampiro II

/ 11.8.08 /
Cuán fácil es dejarse seducir por la idea de confiar en alguien. Un alguien ante el que no son necesarios los fingimientos, las mascaras o los secretos. Los vampiros, al igual que los humanos, varias veces se dejan seducir por la necesidad de confiar en alguien sin saber que quizás esa será su perdición. Confiar en la persona o vampiro equivocado es un error en el que tanto los vampiros como los humanos caen una y otra vez. Al confiar en alguien, te vuelves vulnerable y si añadimos que confías en alguien equivocado, la cosa se pone interesante ya que ese alguien equivocado poseerá los mecanismos necesarios para acabar contigo, conoce tus debilidades, tus secretos más oscuros.

Confiar es, en definitiva, facilitar la traición. Por esa razón yo no confío en nadie, ya no. La única vez que me deje seducir por el verbo confiar, acabé cortésmente encadenado a una verja a la espera de la inminente aparición del astro rey.

¿Es posible hacer que alguien confíe en mí a sabiendas de que yo no confío en nadie?

Esa es la cuestión que me ha llevado a escribir en este diario después de tantos días sin hacerlo. Tenía la estúpida idea de que poniendo por escrito lo que ronda por mi cabeza sería más sencillo responder a esa pregunta, pero no es así. Es estúpido exigir a alguien que confíe en mi cuando yo no confío en nadie, cuando yo considero que es una debilidad.

Esta noche he informado a mi rey de que los rebeldes saben de su existencia, cosa que Vohrme ya sabía, unas heridas a medio cicatrizar en su costado se lo habían dejado más claro que mis palabras. Alguien cercano lo ha traicionado, algún vampiro en el que el rey confió, quizás no plenamente, pero sí lo suficiente si dicho traidor fue elegido por el propio rey para que se uniese a él. A pesar de que Vohrme era reacio a confiar en nadie, sabía que era imposible alzarse solo contra los rebeldes.

Hasta hace pocos meses, los únicos que sabíamos de la existencia del Rey Perdido éramos un círculo muy reducido; Ahora, en este reducido grupo hay un traidor y sé que Vohrme desconfía de todos nosotros.

Él no confía en mí.

“¿Y cómo sé que no has sido tú el que me ha traicionado?” esa fue su pregunta de esta noche, sus palabras textuales.

He sido el único que ha estado junto a él cuando más débil estaba y tuve la oportunidad de descubrirlo y entregarlo en ese momento, conseguir una posición significativa con ello. Pero no lo hice, le fui leal. Me he ganado el Exilio por permanecer a su lado… ¿Es demasiado pedir un poco de confianza por su parte?

Bah, tampoco es necesaria la confianza, sólo con conocerme un poco debería saber que soy incapaz de traicionar a nadie. Una vez fui yo el traicionado, viví en mi propia carne la traición... Moriría antes que traicionar a un hermano.

Pero a pesar de mi respuesta y de sus palabras, sé que el rey no confía en mí.

Soy un vampiro I

/ 28.7.08 /
A lo largo de mi vida…espera ¿mejor sería decir de mi muerte? Bueno, supongo que las pequeñas apreciaciones que carecen de importancia podemos dejarlas para más tarde. Así que, como iba diciendo, a lo largo de mi vida he escuchado infinidad de veces aquello de la curiosidad mató al gato y estoy empezando a plantearme que la expresión sería mucho más acertada si cambiásemos ese gato por humano. La curiosidad mató al humano. Sí, eso queda muchísimo mejor y se acerca mucho más a la realidad. Si no que se lo digan al estúpido humano que descansa muerto a menos de cuatro metros de mi. Sé que te estarás preguntando si lo maté yo, ¿cierto? Aclararé que, a pesar de ser un vampiro, yo no fui quien robó su vida. Los humanos son seres inofensivos, débiles, no plantean ninguna amenaza y matar alguno de ellos iría en contra de mis principios (sí, algunos vampiros tenemos principios) porque no estaríamos en igualdad de condiciones. Si no tenía suficiente luchando contra los rebeldes que se han alzado contra mi señor, a eso hay que sumarle ahora el deber de proteger a los humanos. Protegerlos de los rebeldes y, cómo no, de ellos mismos, de su estúpida curiosidad.

Puedo entender la curiosidad, incluso envidia, que despertamos en los humanos. Les encanta lo desconocido y, además, somos su ideal. Sí, Sí, su ideal. Somos inmortales y no envejecemos, no padecemos enfermedades y disfrutamos del sexo con mayor intensidad de la que jamás podría disfrutar ningún humano. A esto hay que añadirle que ninguna regla rige nuestra existencia, salvo las que nosotros mismos nos implantamos. Una de mis reglas, como ya he mencionado, es la de no matar a ningún humano, aunque, como ya se sabe, todo regla tiene su excepción.

Creen que el único fin de nuestra existencia es complacer nuestros más oscuros deseos, pero no saben lo engañados que están.

Ningún humano creería, por ejemplo, que un vampiro cualquiera tomase el diario de un humano, que permanece muerto a unos metros, para escribir en él todo aquello que diría para desengañarlo. Un diario en el que contar la verdadera vida de un vampiro.

Pero aquí estoy, escribiendo todo aquello que le hubiese dicho al estúpido humano muerto que hay ante mí. Quizás eso me ayude a quitarme el peso de la culpa por no haber llegado a tiempo.

Bah, ¿A quién quiero engañar? Estar encerrado aquí, escondido del sol, más de diez horas al día, es una razón más que suficiente para encontrar algo que hacer. Además, siempre me gustó escribir.

Está a punto de anochecer, ya siento el cosquilleó en mi nuca, pronto la aterciopelada oscuridad cubrirá la ciudad y, entonces, saldré de caza.

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