
Otra vez allí. Otra vez en el mismo lugar, como cada día, como cada jueves… un jueves tras otro. Había llegado a odiar ese día porque era el reservado para ella, porque los viernes y los sábados habían pasado a ser de otra. Y él la creía tan estúpida como para no darse cuenta.
Pensaba que una cena en el restaurante más in de la ciudad una vez a la semana lo arreglaba todo, que las mesas de diseño y las sillas de cuero constituían el mejor telón de fondo. Quería hacerla sentir una sirena y ella sólo olía el pescado podrido. En el fondo, se compadecía de él porque creía que podía comprarlo todo con dinero, porque se creía listo y, en verdad, ella iba varios metros por delante.
Jugueteó con el tenedor en el primer plato mientras esperaba que regresase. Había ido, según él, al baño, pero ella había advertido el modo en que apretaba el bolsillo interior de su chaqueta… donde un silencioso móvil debía haber vibrado contra su pecho. El foco que iluminaba la mesa marcó cada una de las líneas de la mano que sostenía el cubierto y destacó las azuladas venas que se clareaban bajo la piel, pero ni siquiera esa luz fue capaz de sacar algo de brillo a la alianza que rodeaba su dedo.
El sonido del parqué que cubría el suelo la alertó de su regreso, comprobó que había tenido la genial idea de pasar por el baño para humedecerse las manos. Vaya, el ingenio aparecía cuando menos lo esperabas. Tomó asiento sin decir nada y el sonido del cuero mientras él se recolocaba le crispó los nervios.
— ¿Inés?
Quizá ahora me lo diga, quizá ahora sea lo suficiente valiente, pensó antes de alzar la mirada para encontrarse con la de él. Entre sus miradas tan sólo se interponía el cristal de las gafas de él… pero parecía que existía un muro de hormigón infranqueable.
— ¿No está bueno el plato?
Había sido esperar demasiado…
— Está perfecto, como siempre —forzó una sonrisa.
— Entonces… ¿qué ocurre?
Inés respiró hondo y dejó caer el tenedor sobre el plato, el tintineo de la plata contra la vajilla de un blanco impoluto no desentonó en el bullicio del restaurante.
— Ocurre que no entiendo por qué me traes aquí si los peces que nos rodean parecen más complacidos con mi compañía que tú —buceó hasta él y le hizo la pregunta que la había estado atormentando los últimos meses—: ¿Por qué me das el jueves si podrías estar con ella este día también?
El rostro de él no se alteró y, con deliberada lentitud, tomó su cubierto para dar cuenta del plato que tenía ante él. El silenció cayó de nuevo sobre ellos y la distancia se hizo insalvable.
Ella no fue capaz de dar un bocado más y su mirada se perdió más allá del cristal. Se sintió como en una pecera y ansió tener la memoria de un pez para no sentir dolor.
Deseó estar al otro lado del cristal, abrigada bajo el cobijo del pez manta que, cada jueves, se pegaba al cristal junto a ellos, recordándole de forma inconsciente que en su matrimonio eran multitud.
