Ciruela VI. La ciruela

/ 20.8.08 /
Sonrió de medio lado al escucharlo y, aún rodeándolo con la mano, aumentó el ritmo y la presión que ejercía sobre su duro sexo. El gemido ronco que escapó de los labios masculinos la hizo sentirse poderosa y humedeció su entrepierna. Las caderas de él se mecían hacía a ella, una fina capa de transpiración cubría su poderoso pecho y la respiración acelerada parecía rasgarle la garganta.
Gabriel alargó la mano y cubrió con ella la de la mujer, intentando detener sus movimientos. Si seguía así, acabaría corriéndose en su mano y lo que él quería era correrse dentro de ella.
—Móntame—repitió, capturando su mano—. Hazlo—acercó la pequeña mano a su boca y beso la palma con suavidad.

Afortunadamente, esta vez ella no se negó. Alzándose sobre sus rodillas, se montó a horcajadas sobre él. Tomó el duro sexo con su mano y descendió con suavidad, dirigiéndolo a su centro. La dura carne se introdujo en la caliente y resbaladiza cavidad femenina, pronto, él estuvo todo lo dentro posible, llenándola completamente.

Sendos jadeos escaparon de ambos cuerpos y se entremezclaron en la sofocante habitación cuando cada cual estuvo donde debía estar. Él dentro de ella, ella entorno a él.

Sabrina empezó a mecerse con suavidad, jadeando levemente y disfrutando de la sensación de tenerlo dentro. Él alzó las caderas mientras tomaba su trasero con las manos para facilitarle el movimiento de ascenso y descenso, penetrándola con profundas y lentas embestidas. Sabrina apoyó sus manos en el resbaladizo pecho de él, inclinándose levemente hacia delante hasta poder alcanzar con sus labios la boca entreabierta de él. Lo besó de un modo carnal, casi desesperado, al mismo tiempo que intensificaba sus movimientos sobre él.

Gabriel deslizó sus manos por el trasero femenino, sintiendo contra sus palmas el movimiento ondulante de sus caderas. Se sentía apretado dentro de ella, pero aquello le permitía percibir cada ondulación femenina, cada pequeña contracción de sus músculos internos.

— ¡Dios santo!—exclamó Sabrina, enderezándose y arqueándose hacia atrás. Sus movimientos empezaron a hacerse más apresurados y descontrolados, casi desesperados. Danzaba y brincaba sobre el cuerpo masculino siguiendo una melodía compuesta por jadeos y gemidos.

Los pequeños pechos se le ofrecían como una ofrenda pagana, se mecían al misma compás que sus vívidos y entusiasmados movimientos, haciendo que Gabriel no pudiese apartar la mirada. Alargó sus brazos y cubrió con la palma caliente de sus manos ambos senos, frotando el endurecido pezón con ellas, ante el contacto ella se arqueó más hacía atrás, impulsando sus pechos contra él. Gabriel bajo una de las manos, acariciando con la punta de los dedos el vientre femenino hasta llegar al lugar donde estaban unidos. Su excitación se intensificó al ver cómo su duro sexo quedaba cubierto y descubierto con cada rápido brinco de ella. Alzó la mirada y la clavó en el excitado rostro de ella, que lo miraba con los parpados ligeramente caídos y la boca entreabierta. Sin dejar de mirarla, empezó a mover la mano que había colocado sobre la parte superior del sexo femenino, su contacto hizo que un gritito escapara de los labios femeninos.

Sabrina sabía que estaba cerca de correrse por segunda vez, empezaba a sentir aquel delicioso cosquilleo en el bajo del vientre que empezaba a expandirse por todo su cuerpo. Sentía la tirantez de sus pezones y la contracción de sus músculos internos. Estaba cerca, muy cerca…

— ¡Oh, sí!— Sabrina se desplomó sobre el poderoso pecho masculino con la respiración agitada, sintiendo los espasmos y temblores de su segundo orgasmo. Sintió las manos de él deslizarse por su espalda, en una lenta y abrasadora caricia. Estaba segura de que él sabía que nunca había experimentado algo así, que aquello era más de lo que nunca había imaginado o experimentado. Besó su pecho y se alzó lo suficiente para plantar otro beso en los labios masculinos, intentando expresar todo lo que había sentido y sentía. Todo aquello era demasiado intenso.

Gabriel le devolvió el beso y, sin salir de ella, hizo que ambos rodaran hasta que él quedó arriba. Se posicionó entre sus pierna y sonrió cuando ella le rodeó las caderas sin que fuese necesario pedírselo. Se movió entre sus piernas, penetrándola con envites profundos y rápidos, no había tiempo para delicadezas en ese momento. Había soportado tanto como había podido, pero ahora lo único que necesitaba era liberarse dentro de ella, conseguir la corrida que lo liberase de la dolorosa erección.

Recorrió con las manos la espalda de él, sintiendo bajo sus palmas el movimiento de los ondulantes músculos masculinos. La respiración rápida y seca de él le acariciaba el cuello, erizándole la piel humedecida de traspiración.

Gabriel alzó la cabeza y la observó, y en aquel mismo momento se corrió con la mirada clavada en el mar azul de sus ojos. Sus caderas se incrustaron en las de ella al mismo tiempo que lanzaba un gruñido de excitación.

Ella sintió las palpitaciones del sexo masculino y deslizó sus manos por la espalda de él, acariciándole la nuca con la mano derecha. Sin apartar la mirada de los oscuros ojos, enredó los dedos en el cabello masculino y jugueteó con languidez mientras el hombre recuperada el control sobre su respiración.

Gabriel curvó los labios en una deslumbrante y satisfecha sonrisa.

— ¿Qué estás pensando?—inquirió Sabrina.

—Que ha sido mejor de lo que imaginada, boca de ciruela— mordisqueó el grueso labio inferior—. Mucho mejor—murmuró contra su boca antes de chupar sus labios.

Sabrina sonrió bajo su boca.

******

Cuando Sabrina abrió los ojos ya era noche cerrada, las cortinas estaban abiertas y desde la cama podía ver el despejado cielo negro. Sentía dolorosamente presente todos los músculos de su cuerpo, cada mínimo movimiento era un recuerdo de su intrépida aventura.

Miró a su alrededor y constató que él ya no estaba allí, se había marchado mientras ella dormía. Aquello le hizo sentir un incomprensible vacío.

No sabía su nombre, pero conocía cada centímetro de su cuerpo, desde el pequeño lunar que tenía cerca del ombligo a la cicatriz de su rodilla izquierda. Habían pasado toda la mañana y gran parte de la tarde conociendo sus cuerpos en la cama que ocupaba ahora mismo, aún podía percibir el leve aroma de él impregnando las sabanas y oler la fragancia del sexo que habían compartido en el ambiente.

Sentía cada palmo de su piel sensible, irritada allí donde la barba de él había raspado más.

Suspiró mientras se levantaba de la cama, no sin cierta dificultad. Le vendría bien una ducha, pero odiaba la idea de que con ella se desprendería del aroma masculino que impregnaba su cuerpo.

Un punto de color en las sabanas blancas llamó su atención. Sobre la almohada había una ciruela roja y madura. Sonriendo, se inclinó y la cogió, descubriendo que bajo ella había una nota. Se apresuró a leerla.

“Sería una estupidez dejar en manos del destino nuestro posible futuro encuentro, así que lo voy a dejar en tus manos.”

Bajo estas palabras había un número de teléfono garabateado. Sabrina estaba observando el papel en silencio cuando el sonido atronador del teléfono del hotel la sobresaltó. ¿Sería posible que fuese él?

Se acercó a la mesita de noche y descolgó con un nudo en el estomago.

— ¿Diga?

— ¡Sabrina, llevo intentando contactar contigo desde esta tarde! ¿Por qué no cogías el móvil?—Sabrina hizo una mueca al escuchar la voz de Mauro.

—Perdona, lo tengo en silencio y no me he enterado.

—No sabes lo que me ha costado convencer a la recepcionista para que me dijese en que habitación te alojabas—escuchó un profundo suspiro a través del teléfono—. En fin, ¿ Cómo ha ido el día? ¿Mucho trabajo?

—Hoy no he hecho demasiado—sintió la punzada de culpabilidad—. Ayer tuvimos la reunión y mañana está planeada la conferencia.

—Te echo de menos—murmuró.

—Sólo llevamos unos pocos días separados y dentro de nada ya estaré de vuelta, ¡Es muy poco tiempo para echarme de menos!—exclamó, ganándose una carcajada de Mauro—. Tengo que colgar, Mauro, tengo que ir a cenar y falta muy poco para que cierren el comedor.

—Está bien. Te llamo más tarde, cariño—la línea se quedó unos minutos en silencio—. ¿Sabes que te quiero, verdad?

—Claro que sí. Hablamos luego—colgó el teléfono y sintió el enorme peso de la culpa. Siempre había exigido y defendido la fidelidad y en un día había echado por la borda uno de sus principios.

Y lo peor de todo eso era que volvería a hacerlo de nuevo. Miró la nota que apretaba en su mano y se pregunto si sería lo bastante valiente para tomar una decisión, fuese cual fuese.
FIN

4 comentarios:

Anónimo on: 20 de agosto de 2008, 21:35 dijo...

BRAVO!!!!!!!... puffff, que jodia eres... me lo he leido de un tirón, casi sin respirar porque no me llegaba un aliento a otro.

Eres una artista del erotismo en estado puro... no me quiero imagina lo que pasara cuando le toque al platano!!!, jaja.

Enhorabuena, ha sido todo un placer conocer a Gabriel.

Besos de Morti.

{ Lucila Torres } on: 21 de agosto de 2008, 7:28 dijo...

Haces Gabrieles a domicilio? jajaja
Lo que escribiste parece una auténtica obra de arte, me encantó la historia, el final también ^^
Nos leemos,
Saludos y suerte!

{ Dama Blanca } on: 21 de agosto de 2008, 11:06 dijo...

Solo tengo dos palabras para describirlo: IM-PRESIONANTE!!!!! (como diria Jesulin jeje).
Pero que jodia! me lo he leido de un tiron y me lo he vuelto a releer de lo que me ha gustado!

No me quiero ni imaginar lo que terminaras haciendole a quien yo me se.....jeje

Sigue asi preciosa, un besazo!!!

Anónimo on: 3 de septiembre de 2008, 18:45 dijo...

“Sería una estupidez dejar en manos del destino nuestro posible futuro encuentro, así que lo voy a dejar en tus manos.”

Me encanta el final. En realidad me ha gustado todo el relato, pero ha ido ganando enteros conforme avanzaba la historia. Me ha resultado curioso que hayas elegido el nombre de Mauro para el desdichado novio de la protagonista... ya te contaré porque xD

Dicen que nunca es tarde si la dicha es buena y al final me he leido las 3 ultimas partes del tirón.

Me creeras si te digo que esta vez no tengo ningún 'pero'?

Bravo pequeña!

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