Limón I. El reencuentro

/ 26.8.08 /


Daniel traspasó la verja de hierro abierta y recorrió el camino empedrado hasta la gran casa de la finca. Llevaba el pedido, un pequeño cajón de madera lleno de limones, sobre el hombro.

El sol y el calor de aquella mañana de Agosto eran casi insoportables. Apenas eran las nueve de la mañana y el sol ya le quemaba la piel.

A pesar de haber llevado pedidos a aquellas fincas tanto durante su infancia, acompañando a su padre, como durante su juventud y de conocer bastante bien a las familias, nunca se tomaba la libertad de entrar en las casas sin llamar antes. En verano, ocasionalmente, ayudaba a su padre con la entrega de los pedidos en las fincas de los alrededores. Esa era la época del año en la que más pedidos se realizaban, cosa normal, teniendo en cuentas que las fincas estaban bastante apartadas de cualquier pueblo y, con ello, de cualquier supermercado. La mayor parte de los pedidos eran de la gente más mayor. Su padre había empezado como panadero repartiendo pan y bollería en la urbanización, aún podía recordar el renqueo de la vieja furgoneta Renault blanca sobre la carretera de tierra cuando había acompañado a su padre en los repartos, pero después había pasado a convertirse en algo así como el “hombre de los pedidos y repartos”. Subía cada mañana a vender el pan y aquello les venía de lujo a los propietarios de las fincas más mayores que no desean ni podían desplazarse más de lo necesario.

Se plantó delante de la puerta acristalada y dio un par de golpes con los nudillos. Esperó unos minutos, pero no recibió respuesta. Volvió a llamar y obtuvo la misma respuesta. Se pregunto si quizás la familia había salido, pero luego recordó que la verja de la entrada exterior estaba abierta. Tomó el pomo de la puerta y giró, ésta se abrió con un suave chasquido. Quizás no lo habían escuchado porque estaban en la parte trasera. Volvió a cerrar la puerta, se aseguró el cajón en el hombro y procedió a rodear la casa. Por nada del mundo entraría e iría por dentro. Recorrió el camino empedrado del lateral de la casa, en el lado derecho había un jardín lleno de flores y arbustos que le dificultaban el avance.

Una vez rodeada la casa, se encontró en la parte posterior de la finca, donde se hallaba la piscina, el cenador, el asador y el gran cobertizo. Al primer vistazo, no vio a nadie, pero después un destello brillante llamó su atención. En una hamaca, junto a la piscina, había una mujer tomando el sol. El brillante negro de su cabello destellaba por los rayos del sol. Se entretuvo unos minutos estudiándola y acabó llegando a la conclusión de que se trataba de Ángela. A pesar de que hacía años que no la veía, la reconoció por su inconfundible cabello. Nunca había visto uno tan negro y luminoso.

Esa era Ángela. La pequeña Ángela que en su infancia se había divertido lanzándole limones cada vez que él aparecía por allí con su padre. La última vez que la había visto había sido dos años antes de su viaje a Milán, por aquella época debía tener unos dieciséis años. Tenía entendido que había viajado allí para estudiar diseño.

Después de tantos años, debía admitir que había pasado toda su infancia y gran parte de su adolescencia enamorado de ella. Aún recordaba la expectación que recorría su cuerpo infantil cuando su padre le informaba de que tenía un pedido de la familia Luque. Aunque luego Ángela se dedicase a lanzarle limones. Su mente de niño había pensado que tal cosa una muestra de amor. Daniel sonrió divertido.

Las cosas habían cambiado mucho desde entonces.

Se desplazó varios pasos, acercándose a ella, y carraspeó con la intención de que reparase en su presencia. Pero o se había dormido o estaba sorda.

Volvió a carraspear, esta vez más fuerte.

Ella abrió los ojos y se enderezó con rapidez, sentándose en la hamaca. Su mano derecha sujetaba la parte superior del traje de baño que seguramente había desanudado para que no le dejase marca. La vio entrecerrar los ojos a causa del intenso sol en un esfuerzo por divisarlo. Daniel percibió su sobresalto al verlo, seguramente ella no lo recordaba y pensaba que era un desconocido.

—Traigo el pedido de tu abuela—se apresuró a decir, señalando el evidente cajón que traía en el hombro—. Llamé a la puerta, pero nadie respondía. Al ver la verja abierta, pensé que quizás estarías en el cobertizo y por ello no me escuchabais—explicó.

Observó cómo se anudaba el traje de baño en la nuca antes de levantarse con lentitud de la hamaca. Su dorado cuerpo relucía debido al aceite bronceador y la luz del sol creaba claroscuros en su piel, resaltando de este modo cada curva de su cuerpo. Se inclinó y, tomando una camisola amarilla de hilo, se la puso con rapidez, ocultando su hermoso cuerpo.

Ángela se echó el pelo hacía atrás, apartándolo de su rostro, y se acercó al tipo. A cada paso que daba, había algo en él que le resultaba familiar. Y de repente, al acercarse más, vio sus ojos grises y lo reconoció de inmediato.

— ¿Es posible que seas el canijo de Daniel?—preguntó con una deslumbrante sonrisa.

—Bueno, parece que ya no tan canijo.

— ¡Cuánto has cambiado! Si no llega a ser por tus ojos, no te hubiese reconocido—sonrió de medio lado—. Ahora eres más alto que yo—añadió bromeando.

Daniel rió.

—En cambio, tú no has cambiado nada.

—Me gusta creer que sí. No me agradaría seguir teniendo el aspecto desgarbado de una niña de dieciséis años—bromeó, recogiéndose el cabello con un pasador plateado—. No sabía que aún ayudabas a tu padre.

—Sólo lo hago en verano. No le viene mal una ayuda por mi parte, más ahora que es cuando más trabajo hay—Ángela sonrió, mostrando un delicioso hoyuelo.

—Siempre has sido un chico trabajador—miró el contenido del cajón que llevaba sobre el hombro y sonrió—. ¡Oh, se ha acordado!—Daniel alzó una ceja interrogante—. Ayer quería hacer limonada y no quedaban limones. La abuela me dijo que llamaría a tu padre para pedírselos—explicó entusiasmada.

—Me alegra saber que ya no utilizas los limones como proyectiles improvisados—Ángela se carcajeó de una forma melodiosa. Parecía el suave tintineo de una cristalería—. ¿Dónde quieres que los deje?

—En la cocina estará bien, así podrás ponerme al día. ¡Quiero que me lo cuentes todo! A cambio, yo prometo no lanzarte ningún limón—pasó junto a él, sonriendo—. Vamos.

Ciruela VI. La ciruela

/ 20.8.08 /
Sonrió de medio lado al escucharlo y, aún rodeándolo con la mano, aumentó el ritmo y la presión que ejercía sobre su duro sexo. El gemido ronco que escapó de los labios masculinos la hizo sentirse poderosa y humedeció su entrepierna. Las caderas de él se mecían hacía a ella, una fina capa de transpiración cubría su poderoso pecho y la respiración acelerada parecía rasgarle la garganta.
Gabriel alargó la mano y cubrió con ella la de la mujer, intentando detener sus movimientos. Si seguía así, acabaría corriéndose en su mano y lo que él quería era correrse dentro de ella.
—Móntame—repitió, capturando su mano—. Hazlo—acercó la pequeña mano a su boca y beso la palma con suavidad.

Afortunadamente, esta vez ella no se negó. Alzándose sobre sus rodillas, se montó a horcajadas sobre él. Tomó el duro sexo con su mano y descendió con suavidad, dirigiéndolo a su centro. La dura carne se introdujo en la caliente y resbaladiza cavidad femenina, pronto, él estuvo todo lo dentro posible, llenándola completamente.

Sendos jadeos escaparon de ambos cuerpos y se entremezclaron en la sofocante habitación cuando cada cual estuvo donde debía estar. Él dentro de ella, ella entorno a él.

Sabrina empezó a mecerse con suavidad, jadeando levemente y disfrutando de la sensación de tenerlo dentro. Él alzó las caderas mientras tomaba su trasero con las manos para facilitarle el movimiento de ascenso y descenso, penetrándola con profundas y lentas embestidas. Sabrina apoyó sus manos en el resbaladizo pecho de él, inclinándose levemente hacia delante hasta poder alcanzar con sus labios la boca entreabierta de él. Lo besó de un modo carnal, casi desesperado, al mismo tiempo que intensificaba sus movimientos sobre él.

Gabriel deslizó sus manos por el trasero femenino, sintiendo contra sus palmas el movimiento ondulante de sus caderas. Se sentía apretado dentro de ella, pero aquello le permitía percibir cada ondulación femenina, cada pequeña contracción de sus músculos internos.

— ¡Dios santo!—exclamó Sabrina, enderezándose y arqueándose hacia atrás. Sus movimientos empezaron a hacerse más apresurados y descontrolados, casi desesperados. Danzaba y brincaba sobre el cuerpo masculino siguiendo una melodía compuesta por jadeos y gemidos.

Los pequeños pechos se le ofrecían como una ofrenda pagana, se mecían al misma compás que sus vívidos y entusiasmados movimientos, haciendo que Gabriel no pudiese apartar la mirada. Alargó sus brazos y cubrió con la palma caliente de sus manos ambos senos, frotando el endurecido pezón con ellas, ante el contacto ella se arqueó más hacía atrás, impulsando sus pechos contra él. Gabriel bajo una de las manos, acariciando con la punta de los dedos el vientre femenino hasta llegar al lugar donde estaban unidos. Su excitación se intensificó al ver cómo su duro sexo quedaba cubierto y descubierto con cada rápido brinco de ella. Alzó la mirada y la clavó en el excitado rostro de ella, que lo miraba con los parpados ligeramente caídos y la boca entreabierta. Sin dejar de mirarla, empezó a mover la mano que había colocado sobre la parte superior del sexo femenino, su contacto hizo que un gritito escapara de los labios femeninos.

Sabrina sabía que estaba cerca de correrse por segunda vez, empezaba a sentir aquel delicioso cosquilleo en el bajo del vientre que empezaba a expandirse por todo su cuerpo. Sentía la tirantez de sus pezones y la contracción de sus músculos internos. Estaba cerca, muy cerca…

— ¡Oh, sí!— Sabrina se desplomó sobre el poderoso pecho masculino con la respiración agitada, sintiendo los espasmos y temblores de su segundo orgasmo. Sintió las manos de él deslizarse por su espalda, en una lenta y abrasadora caricia. Estaba segura de que él sabía que nunca había experimentado algo así, que aquello era más de lo que nunca había imaginado o experimentado. Besó su pecho y se alzó lo suficiente para plantar otro beso en los labios masculinos, intentando expresar todo lo que había sentido y sentía. Todo aquello era demasiado intenso.

Gabriel le devolvió el beso y, sin salir de ella, hizo que ambos rodaran hasta que él quedó arriba. Se posicionó entre sus pierna y sonrió cuando ella le rodeó las caderas sin que fuese necesario pedírselo. Se movió entre sus piernas, penetrándola con envites profundos y rápidos, no había tiempo para delicadezas en ese momento. Había soportado tanto como había podido, pero ahora lo único que necesitaba era liberarse dentro de ella, conseguir la corrida que lo liberase de la dolorosa erección.

Recorrió con las manos la espalda de él, sintiendo bajo sus palmas el movimiento de los ondulantes músculos masculinos. La respiración rápida y seca de él le acariciaba el cuello, erizándole la piel humedecida de traspiración.

Gabriel alzó la cabeza y la observó, y en aquel mismo momento se corrió con la mirada clavada en el mar azul de sus ojos. Sus caderas se incrustaron en las de ella al mismo tiempo que lanzaba un gruñido de excitación.

Ella sintió las palpitaciones del sexo masculino y deslizó sus manos por la espalda de él, acariciándole la nuca con la mano derecha. Sin apartar la mirada de los oscuros ojos, enredó los dedos en el cabello masculino y jugueteó con languidez mientras el hombre recuperada el control sobre su respiración.

Gabriel curvó los labios en una deslumbrante y satisfecha sonrisa.

— ¿Qué estás pensando?—inquirió Sabrina.

—Que ha sido mejor de lo que imaginada, boca de ciruela— mordisqueó el grueso labio inferior—. Mucho mejor—murmuró contra su boca antes de chupar sus labios.

Sabrina sonrió bajo su boca.

******

Cuando Sabrina abrió los ojos ya era noche cerrada, las cortinas estaban abiertas y desde la cama podía ver el despejado cielo negro. Sentía dolorosamente presente todos los músculos de su cuerpo, cada mínimo movimiento era un recuerdo de su intrépida aventura.

Miró a su alrededor y constató que él ya no estaba allí, se había marchado mientras ella dormía. Aquello le hizo sentir un incomprensible vacío.

No sabía su nombre, pero conocía cada centímetro de su cuerpo, desde el pequeño lunar que tenía cerca del ombligo a la cicatriz de su rodilla izquierda. Habían pasado toda la mañana y gran parte de la tarde conociendo sus cuerpos en la cama que ocupaba ahora mismo, aún podía percibir el leve aroma de él impregnando las sabanas y oler la fragancia del sexo que habían compartido en el ambiente.

Sentía cada palmo de su piel sensible, irritada allí donde la barba de él había raspado más.

Suspiró mientras se levantaba de la cama, no sin cierta dificultad. Le vendría bien una ducha, pero odiaba la idea de que con ella se desprendería del aroma masculino que impregnaba su cuerpo.

Un punto de color en las sabanas blancas llamó su atención. Sobre la almohada había una ciruela roja y madura. Sonriendo, se inclinó y la cogió, descubriendo que bajo ella había una nota. Se apresuró a leerla.

“Sería una estupidez dejar en manos del destino nuestro posible futuro encuentro, así que lo voy a dejar en tus manos.”

Bajo estas palabras había un número de teléfono garabateado. Sabrina estaba observando el papel en silencio cuando el sonido atronador del teléfono del hotel la sobresaltó. ¿Sería posible que fuese él?

Se acercó a la mesita de noche y descolgó con un nudo en el estomago.

— ¿Diga?

— ¡Sabrina, llevo intentando contactar contigo desde esta tarde! ¿Por qué no cogías el móvil?—Sabrina hizo una mueca al escuchar la voz de Mauro.

—Perdona, lo tengo en silencio y no me he enterado.

—No sabes lo que me ha costado convencer a la recepcionista para que me dijese en que habitación te alojabas—escuchó un profundo suspiro a través del teléfono—. En fin, ¿ Cómo ha ido el día? ¿Mucho trabajo?

—Hoy no he hecho demasiado—sintió la punzada de culpabilidad—. Ayer tuvimos la reunión y mañana está planeada la conferencia.

—Te echo de menos—murmuró.

—Sólo llevamos unos pocos días separados y dentro de nada ya estaré de vuelta, ¡Es muy poco tiempo para echarme de menos!—exclamó, ganándose una carcajada de Mauro—. Tengo que colgar, Mauro, tengo que ir a cenar y falta muy poco para que cierren el comedor.

—Está bien. Te llamo más tarde, cariño—la línea se quedó unos minutos en silencio—. ¿Sabes que te quiero, verdad?

—Claro que sí. Hablamos luego—colgó el teléfono y sintió el enorme peso de la culpa. Siempre había exigido y defendido la fidelidad y en un día había echado por la borda uno de sus principios.

Y lo peor de todo eso era que volvería a hacerlo de nuevo. Miró la nota que apretaba en su mano y se pregunto si sería lo bastante valiente para tomar una decisión, fuese cual fuese.
FIN

Soy un vampiro II

/ 11.8.08 /
Cuán fácil es dejarse seducir por la idea de confiar en alguien. Un alguien ante el que no son necesarios los fingimientos, las mascaras o los secretos. Los vampiros, al igual que los humanos, varias veces se dejan seducir por la necesidad de confiar en alguien sin saber que quizás esa será su perdición. Confiar en la persona o vampiro equivocado es un error en el que tanto los vampiros como los humanos caen una y otra vez. Al confiar en alguien, te vuelves vulnerable y si añadimos que confías en alguien equivocado, la cosa se pone interesante ya que ese alguien equivocado poseerá los mecanismos necesarios para acabar contigo, conoce tus debilidades, tus secretos más oscuros.

Confiar es, en definitiva, facilitar la traición. Por esa razón yo no confío en nadie, ya no. La única vez que me deje seducir por el verbo confiar, acabé cortésmente encadenado a una verja a la espera de la inminente aparición del astro rey.

¿Es posible hacer que alguien confíe en mí a sabiendas de que yo no confío en nadie?

Esa es la cuestión que me ha llevado a escribir en este diario después de tantos días sin hacerlo. Tenía la estúpida idea de que poniendo por escrito lo que ronda por mi cabeza sería más sencillo responder a esa pregunta, pero no es así. Es estúpido exigir a alguien que confíe en mi cuando yo no confío en nadie, cuando yo considero que es una debilidad.

Esta noche he informado a mi rey de que los rebeldes saben de su existencia, cosa que Vohrme ya sabía, unas heridas a medio cicatrizar en su costado se lo habían dejado más claro que mis palabras. Alguien cercano lo ha traicionado, algún vampiro en el que el rey confió, quizás no plenamente, pero sí lo suficiente si dicho traidor fue elegido por el propio rey para que se uniese a él. A pesar de que Vohrme era reacio a confiar en nadie, sabía que era imposible alzarse solo contra los rebeldes.

Hasta hace pocos meses, los únicos que sabíamos de la existencia del Rey Perdido éramos un círculo muy reducido; Ahora, en este reducido grupo hay un traidor y sé que Vohrme desconfía de todos nosotros.

Él no confía en mí.

“¿Y cómo sé que no has sido tú el que me ha traicionado?” esa fue su pregunta de esta noche, sus palabras textuales.

He sido el único que ha estado junto a él cuando más débil estaba y tuve la oportunidad de descubrirlo y entregarlo en ese momento, conseguir una posición significativa con ello. Pero no lo hice, le fui leal. Me he ganado el Exilio por permanecer a su lado… ¿Es demasiado pedir un poco de confianza por su parte?

Bah, tampoco es necesaria la confianza, sólo con conocerme un poco debería saber que soy incapaz de traicionar a nadie. Una vez fui yo el traicionado, viví en mi propia carne la traición... Moriría antes que traicionar a un hermano.

Pero a pesar de mi respuesta y de sus palabras, sé que el rey no confía en mí.

Ciruela V. La petición

/ 9.8.08 /

Las largas piernas de la mujer rodearon sus caderas al mismo tiempo que deslizaba las manos por su espalda, arañando con sus uñas la resbaladiza piel masculina cubierta de transpiración.
Sentir la humedad de su sexo contra su dura erección logró excitarlo aún más si cabía. Se movió entre sus piernas, frotando su sexo contra el de ella. Estaba resbaladiza y lista, tuvo que apretar los dientes para controlar el deseo de penetrarla con una sola embestida, el contoneo de ella bajo su cuerpo era deliciosamente doloroso.

Sabrina sabía que él no había terminado de jugar con ella, pero esta vez era ella la que quería jugar con él. Deslizo una de sus mano hacía abajo, agarrando el prieto trasero del hombre al mismo tiempo que elevaba las caderas. El rugido que surgió de sus labios fue casi animal.

Se removió bajo el cuerpo masculino y puso sus manos en el poderoso pecho. Cuando lo obligó a pegar la espalda a la cama, él no se lo impidió, quizás porque lo pillo por sorpresa, quizás porque aquello formaba parte de su juego…

La morena piel del hombre resaltaba contra las níveas sabanas de la cama y Sabrina tuvo que tragar ante la erótica imagen que tenía ante sus ojos: estaba esplendorosamente desnudo y totalmente a su merced. Piel expuesta a su entero disfrute que se encargaría de saborear. Era hora de tomarse una pequeña y placentera venganza. Levantó una pierna y se ubico a horcajadas sobre él, su sexo quedó totalmente expuesto y abierto contra el duro vientre cuando se inclinó hacia delante y capturó la boca masculina con un beso carnal. Se saboreó a sí misma en su boca y aquello la encendió de nuevo. Chupó sus labios lamiendo cualquier resto de su jugo al mismo tiempo que su sexo realizaba una leve fricción contra el vientre de él. Podía sentir el duro sexo del hombre contra su trasero, buscando el modo de meterse en el caliente hueco que se apretaba contra la parte baja del estomago masculino.

Gabriel no podía apartar la mirada de los pequeños pechos que se bamboleaban delante de sus ojos y del apretado sexo que se restregaba contra su vientre. Podía sentir la humedad de ella en el estomago y su erección parecía gritar dolorida porque no era ella la que recibía la debida atención. Alzó una de sus manos y apresó uno de los pechos, frotando el pezón con la palma de la mano. Ella se arqueó apenas, ofreciéndose a él, pugnando su pecho contra la mano y, con ello, intensificando el contacto de su sexo contra su piel. La otra mano masculina voló hacía el delicioso y aterciopelado trasero de la mujer.

Sabrina cubrió con su mano la mano del hombre que apresaba su pecho y, guiándolo, la dirigió hasta su sexo. Al llegar allí, sólo le permitió un leve toque antes de apresarla sobre su cabeza, la otra mano, la que cubría su trasero, corrió la misma suerte. Sabrina sonrió triunfante cuando tuvo apresadas las dos manos masculinas sobre la cabeza de él, aplastadas contra el colchón. Sabía que él, si quería, podría soltarse con facilidad, pero sonrió cuando él no lo hizo.

Gabriel la miraba con curiosidad, ninguna mujer antes había actuado así con él, ninguna antes había tenido el atrevimiento de apresar sus manos. Claro está que podía liberarse si quería, ya que aquellas pequeñas manos poco podrían impedírselo, pero el simple hecho de sentirse en cierta forma dominado, lo excitaba sobremanera.

La lengua de la mujer recorrió la fuerte mandíbula, algo rasposa por la inminente barba. Mordisqueó la barbilla antes de descender dando pequeños besos en el cuello del hombre, lamió y chupó, sintiendo el leve sabor salado de la piel. Bajo su lengua sintió el apresurado pulso que palpitaba en el cuello y sonrió contra su piel, quizás daba una apariencia de tranquilidad, pero bajo aquella piel era un hombre plenamente excitado que anhelaba lo mismo que ella. Un hombre, al fin y al cabo. Aunque su apariencia pudiese ser la de un dios. Se deslizó por su cuerpo al mismo tiempo que hundía la boca en los fuertes pectorales, lamió el hueco de su cuello y después su lengua capturó un pequeño pezón marrón, que pronto se endureció en su boca. Ahora estaba montada sobre su cadera, la erección rozaba su entrepierna de un modo delicioso y tuvo que controlarse para no dejarse llevar por aquel contoneo. Tenía pensado torturarlo con las mismas condiciones que él había impuesto.

Las manos de la mujer se deslizaron por sus antebrazos, arañando con suavidad, hasta que sus manos se incrustaron en los anchos hombros. Ella se iba deslizando hacia bajo, restregando todo su cuerpo, cada porción de piel, contra el de él. No podía apartar la mirada de la oscura cabeza que estaba inclinada sobre su pecho y de la rosada lengua que surgía de la boca de ciruela para atormentarlo con sus lamidas. Tensó los músculos del abdomen cuando la juguetona lengua pasó sobre ellos, humedeciendo la piel a su paso, y sus caderas se alzaron por propia voluntad cuando hundió esa maravillosa lengua en su ombligo. Su sexo se endureció dolorosamente ante la expectativa de tener la boca de ciruela entorno a él.

Sabrina mordisqueó la delicada piel del estomago y lamió la fina vena que sobre salía en el bajo del vientre, una vena que, si se seguía, conducía al preciado tesoro masculino. Del mismo modo que él la había atormentado, ella lo atormentó a él. Pasó sobre su erección, tan sólo deteniéndose unos segundos, muy cerca, para que notase su caliente respiración sobre el hinchado sexo. Su sexo se veía brillante, una pequeña gota había logrado escapar del férreo aguante masculino. Deseaba tenerlo en su boca, hacerlo jadear del mismo modo que él la había hecho jadear a ella. Sentir su sabor y su dureza. Alzó la mirada y la clavó en los oscuros ojos que la observaban atentamente, sonrió maliciosamente y deslizó sus manos hasta los musculosos muslos, tanteando y evitando rozar la dura erección mientras lo acariciaba.

Gabriel le sonrió, si pensaba que él iba a rogar una caricia…

Las pequeñas manos de Sabrina acariciaron la parte interna de los muslos, rozando apenas el apretado saco de su sexo. Él dio un respingo al mismo tiempo que un seco jadeo rasgaba su garganta. Sin previo aviso, Sabrina rodeo con una de sus manos el grueso sexo, apretando ligeramente. Las caderas del hombre se despegaron del colchón.

Suavemente, pero con firmeza, la mujer empezó a deslizar la palma de su mano de arriba abajo al mismo tiempo que el cuerpo del hombre se mecía, recibiendo la caricia. El ritmo de su mano era lento, abrasador, toda una tortura.

Gabriel apretó fuertemente los dientes, evitando venirse. Llevaba soportando esa tortura demasiado y ahora lo único que quería era introducirse dentro de ella.

—Móntame—demandó con los dientes apretados. Finalmente había pedido aquello que ella quería que pidiese.

Ciruela IV. El premio

/ 5.8.08 /


Sabrina se recostó con un suspiro sobre la cama, la ciruela resbaló de sus dedos flojos y rodó por el colchón hasta caer con un sonido sordo al suelo. Un quejido apenas audible escapó de sus labios cuando él retiró las manos de su entrepierna.

Gabriel se enderezó con parsimonia y la observó. El oscuro cabello de ella estaba desparramado sobre las sabanas y mostraba una postura deliciosamente abandonada. Acercó sus manos a la hilera de pequeños botones que delineaban la parte delantera del vestido, deseaba verla desnuda, ver cada curva que tan sólo había intuido bajo la ropa.

Ella se sorprendió ante la rapidez con la que él le desabrochó los botones del vestido, ya no mostraba aquella aparente tranquilidad…ahora parecía impaciente por deshacerla de la ropa que le impedía verla enteramente desnuda.

A cada botón que desabrochaba, se rebelaba un pedazo más de la suave piel que deseaba saborear. Tragó sonoramente cuando dejó al descubierto la cremosa piel de sus pechos, había sabido que no llevaba sujetador por la forma en que sus pequeños pezones se clareaban en la tela, pero comprobarlo de primera mano era más de lo que podía soportar. Ella se incorporó suavemente sin necesidad de que él se lo demandase, permitiéndole que le sacase el vestido con mayor facilidad, después volvió a dejarse caer sobre el colchón, haciendo que sus pechos se meciesen en un suave vaivén. Gabriel echó a un lado el vestido y, cerniéndose sobre ella, hundió su rostro en el esponjoso valle de sus pechos. Su lengua pasó entre ambos pechos, saboreando la delicada piel del canalillo y después se deslizó bordeando la parte inferior de uno de los pechos.

Sabrina se arqueó ligeramente y se restregó contra la rodilla del hombre que permanecía apoyada sobre el colchón, entre sus piernas. Sus caderas se movían contra él, incrementando cada vez más el ritmo a medida que los lametones del hombre se hacían más desesperados.

Aún así, seguía jugando con ella, la boca del hombre no se posaba sobre sus pezones erectos, que pedían a gritos algo de atención, lo hacía sobre su delicado contorno, delineando con su lengua la arrugada aureola rosada. Sabrina acercó sus manos a la cabeza del hombre, enredando los dedos en su cabello.

La boca de Gabriel se movía ávida sobre la piel, lamió la clavícula, hundiendo su lengua en aquel delicioso hueco y después ascendió hasta la garganta. La vibración de los gemidos de ella golpeteó contra su lengua cuando cubrió la garganta con su boca. Sus labios mordisquearon la piel con suavidad hasta llegar a la redondeada barbilla. Capturó el labio inferior con sus labios y un ronco gemido surgió de su garganta al sentir la carne inflamada de ella contra su muslo.

Sabrina no podía soportar más aquella tortura, necesitaba tenerlo dentro de cualquier modo...Agarró el pelo del hombre con más fuerza y guió la boca masculina a la suya.

Fue un beso carnal, de bocas abiertas, húmedo, casi violento. La boca del hombre sabía ligeramente afrutada. Sedienta bebió de él. Deslizó las manos por su nuca y rodeó con sus manos la fuerte espalda masculina. Necesitaba tenerlo cerca, muy cerca. El ligero vello del pecho masculino rozó sus pezones, arrancándole gimoteos ahogados contra su boca. Se arqueó contra él anhelante, frotándose con mayor insistencia contra el duro muslo del hombre. Una risa plenamente masculina flotó en la habitación.

Gabriel se apartó apenas, ella no se lo permitió y lo acercó de nuevo a su boca, besándolo con cierta desesperación. La dominó con su lengua, recorriendo cada cálido rincón de aquella boca de ciruela, mordiendo los gruesos labios que ahora se veían enrojecidos e inflados, húmedos y brillantes. Sin dejar de besarla, tomó una de las manos que agarraban su pelo y la apartó, sujetándola por la muñeca contra el colchón y sobre su cabeza. Cuando estuvo esa sujeta, tomó la otra, no sin cierta dificultad, y la aprisionó contra el colchón junto a la otra. Mantuvo con una de sus grandes manos las dos muñecas de la mujer sujetas sobre su cabeza, con los brazos estirados. Ella se arqueó, quizás intentando soltarse, quizás queriendo hacerlo enloquecer restregando todo su delicioso cuerpo contra él.

Sabrina alzó unas de sus piernas, doblando la rodilla y hundiendo el talón en el colchón, y movió sus caderas con mayor celeridad contra el muslo de él. Aquella fricción contra su pierna la estaba enloqueciendo literalmente y la áspera caricia del pecho masculino contra sus pezones, ponía en alerta todas sus terminaciones nerviosas. Era inútil forcejear e intentar liberarse de la mano que mantenía apresadas las suyas, pero era sumamente erótico sentirse capturada de aquel modo. Apartó a un lado la cabeza, liberándose de la boca masculina e intentando tomar una bocanada de aire, su respiración estaba sumamente agitada. Hundió sus dientes en el hombro de él cuando empezó a sentir que se acercaba el momento de liberación que tanto anhelaba.

Gabriel se apartó a un lado y, con ello, la mujer perdió el dulce contacto con su muslo. Escuchó como un gimoteó escapaba de sus labios entreabiertos.

Sabrina le mordió el hombro con saña, había estado tan cerca, tan cerca…

—No puedo más…Por favor…

—Quiero llevarte alto, muy alto, hasta el límite—mordió el labio inferior de aquella boca de cereza—. Llevarte más lejos de lo que cualquier hombre lo haya hecho nunca.

—Yo sólo quiero…—su voz se perdió en un suspiro.

—Dime, ¿qué quieres?—esta vez lamió el grueso labio. Su boca era deliciosa, perfecta para ser besada, mordida y chupada.

—A ti—movió las manos que permanecían capturadas—. A ti dentro de mí.

Gabriel sonrió y deslizó su mano libre por las costillas de la mujer, moldeando con su mano la silueta de su cuerpo. Sus dedos rozaron el vientre plano y se deslizaron más abajo, hasta que su gran mano cubrió el sexo caliente de ella. Le encendió escuchar el gritito que ella profirió y sentir sus caderas alzándose contra su mano. Separó la cinturilla e introdujo su mano, su erección palpitó al sentir la sedosa humedad impregnando sus dedos. Hundió un dedo entre sus pliegues y acarició la carne inflamada. El cuerpo de ella se retorcía bajo el suyo, farfullando suplicas, gemidos y palabras inteligibles.

Comenzó a masajear el clítoris suavemente, jugando con aquel delicioso botoncito, después movió la mano circularmente. Las caderas femeninas se movían contra su mano siguiendo el ritmo de una danza ancestral y primitiva. Gabriel sentía la frente perlada de sudor, la piel ardiendo, la respiración entrecortada. Hurgó entre sus pliegues, acariciando la piel resbaladiza y acercó el dedo corazón a la entrada de su sexo.

—Voy a soltarte las manos, pero quiero que las mantengas en esa posición, ¿de acuerdo?—ella no respondió, sus parpados estaban lánguidamente caídos y sus boca entreabierta. Gabriel introdujo apenas la punta del dedo en su interior— ¿De acuerdo?

Sabrina cabeceó.

Le soltó las manos y su boca se curvó en una sonrisa al ver que ella las mantenía allí. Rodeó con la mano el pecho de ella e inclinó la cabeza, realizó un tortuoso recorrido hacia abajo con su boca y lengua. Besando cada plano de su piel, mientras su otra mano obraba maravillas dentro de la ropa interior. Su lengua se hundió en el gracioso ombligo femenino antes de mordisquear la piel del vientre.

—Ahora voy a disfrutar de mi premio—apartó la mano del centro femenino y, agarrando la cinturilla de las bragas con ambas manos, deslizó el pequeño trozo de encaje por sus largas piernas. Lo echó a un lado con descuido.

Sabrina se apoyó con los codos y se alzó ligeramente, un gemido de impaciencia escapó de su garganta al verlo inclinar su cabeza entre sus piernas. Vio y sintió como sus dientes mordisqueaban la parte interna del muslo, observó como su lengua lamía la piel de sus ingles y, cuando él sopló suavemente sobre la carne inflada y caliente, sintió que su cabeza daba vueltas. Se dejó caer sobre el colchón con un gemido y sus manos apresaron en un puño la fina sabana que cubría la cama.

No pudo resistirse más a saborearla, la punta de su lengua lamió su centro y, de inmediato, las caderas de ella se alzaron demandando más. Cubrió con su boca la carne, lamiendo y chupando con sumo placer. Era deliciosa y caliente, se sentía verdaderamente bien contra su boca. Capturó con sus labios los pliegues internos mientras los acariciaba dentro de su boca con la lengua.

La sedosa lengua de él moviéndose entre sus piernas era mucho más de lo que podía soportar. Parecía estar en todos lados, cubriendo cada centímetro, lamiendo en el sitio justo, chupando en el momento adecuado. Deslizó una de sus manos por el vientre y enredó los dedos en el cabello de él.

Gabriel rodeó sus piernas con los brazos, alzándola hacía él, mientras su lengua se hundía en aquel delicioso rincón húmedo y caliente…necesitado. La penetró con la lengua.

El calor se extendía por el cuerpo de Sabrina, empezaba a sentir que su momento de liberación se acercaba. Esperaba que esta vez él no se lo impidiese. Pero al mismo tiempo, saber que en cualquier momento podría apartarse, lo hacía mucho más intenso, mucho más desesperado. Agarró su cabello con más fuerza, dándole un suave tirón de advertencia.

Los gemidos de la mujer y la forma de retorcerse contra su boca estaban llevándolo a él mismo a límite. Intensificó sus lametones, chupó su carne y bebió de su delicioso jugo. Posó una de sus manos sobre la parte superior de su sexo y la movió en círculos sin dejar de lamerla. Ella cada vez tiraba más fuerte de su pelo. Él sabía que estaba muy cerca.

La liberación dejó a Sabrina sin aliento, un escalofrío recorrió su cuerpo seguido de deliciosos temblores. Sintió al sacudida en su vientre y el gritó que escapó de sus labios fue de puro éxtasis. Sus pezones se endurecieron aún más y las palpitaciones de su sexo se extendieron por todo su cuerpo. A pesar de haberse corrido, él no dejó de lamerla. Las caricias de su lengua siguieron hasta que los temblores desaparecieron de su cuerpo, dejándola lánguida.

Gabriel se enderezó, estirando las piernas, y empezó a desnudarse con rapidez. Ella lo miraba con los parpados lánguidamente caídos y con una sonrisa de deleite en los labios.

Sabrina lo observó desnudarse, su poderoso cuerpo se mostraba ante ella a cada pieza de ropa que caía al suelo. Él se desnudaba sin dejar de mirarla con una pasión desbordante y con una media sonrisa en la boca, los labios estaban ligeramente humedecidos por su propia excitación. Sabía que cuando lo besase se saborearía sí misma.

Gabriel dejó caer al suelo los calzoncillos y se cernió sobre ella.

Sabrina tan sólo pudo suspirar cuando sintió la dura carne entre sus piernas.

Ciruela III. El juego

/ 1.8.08 /

Sabrina se sentía como en un sueño, lánguida y adormecida. Todo parecía demasiado irreal, su cuerpo no parecía su cuerpo, al menos no parecía el cuerpo que ella había conocido hasta entonces. Reaccionaba de un modo diferente con él, no tenía poder sobre su propio cuerpo. Sus piernas amenazaban con dejarla caer al suelo, quería aferrarse a él. Hundir la lengua en su boca y besarlo como tantas veces había imaginado hacerlo. Pero él la estaba torturando, estaba siendo sometida a la tortura más dulce y jugosa en sus manos.

Quería que la besara, que la tocará allí donde su piel ardía, allí donde se sentía húmeda.

Gabriel posó la mano en uno de los hombros de la mujer y la empujó suavemente hacía atrás, hasta que las piernas de ella tocaron el borde de la cama.

—Siéntate.

Y Sabrina así lo hizo, el colchón se hundió bajo ella cuando se sentó en la cama. En aquella posición tenía ante ella, al alcance de la mano, el objeto de sus deseos. Un gemido casi escapó de sus labios cuando observó los abultados pantalones. Él estaba excitado, muy excitado, lo que no lograba entender era que cómo podía ser capaz de mantener aquella apariencia serena. Salvo la evidente erección y la respiración irregular, el hombre se mostraba aparentemente tranquilo y sereno.

Gabriel se acuclilló ante ella y apoyó ambas manos en sus rodillas, una completamente extendida, la otra, aún rodeando la ciruela mordisqueada, apenas apoyada. Su mano derecha acarició la rodilla femenina. A pesar de que la tela del vestido impedía el contacto directo, las yemas de sus dedos ardieron al tocarla. Deslizó la palma de la mano hacía abajo, hacía el encaje el borde de la falda, y, finalmente, pudo acariciar la pierna desnuda.

—Tienes unas piernas increíbles. Cualquier hombre vendería su alma sólo por tenerlas entorno a su cintura—murmuró, bajando la mirada y recreándose con la visión de aquellas piernas femeninas. Su dedo pulgar se movía circularmente sobre su pantorrilla—. Largas, esbeltas y tan suaves como imaginaba—deslizó la mano hacía abajo y rodeó con ella el delgado tobillo—. Quiero que me rodees con ellas cuando esté profundamente clavado en ti, ¿lo harás?—alzó la mirada nada más pronunciar la última silaba.

Sabrina sintió una nueva oleada de calor recorriéndole el cuerpo entero y la humedad de su entrepierna se incrementó. Sus oscuros ojos estaban clavados en ella mientras jugueteaba con la cinta de la sandalia que rodeaba su tobillo.

— ¿Lo harás?— desató con una mano el flojo nudo de la sandalia sin apartar en ningún momento la mirada de ella.

Sabrina asintió vehemente, era incapaz de pronunciar palabra.

—Excelente— sonrió y, despreocupadamente, se llevó la ciruela a la boca.

Lo observó morder la fruta y apreció la maliciosa mirada que le lanzó. Él masticó la ciruela con lentitud mientras le quitaba la sandalia con la mano libre, después dejó a un lado el zapato y sus largos dedos rodearon el pequeño pie.

—Nada más vi tus pies, supe que eras una chica atrevida—acarició los dedos de sus pies y sonrió cuando ella los acurrucó—. Sólo las chicas atrevidas utilizan ese tono oscuro de esmalte—recorrió la planta con la yema de un dedo y ella murmuró algo inteligible—. Además, no sólo lo lucen las uñas de tus pies, también lo hacen las de tus manos. Eso suma muchos puntos a tu favor—está vez recorrió el empeine con los dedos.

El escalofrío que recorrió su cuerpo llegó hasta las puntas endurecidas de sus pezones. Deseaba que la tocara, que tocara sus pechos, su sexo…quería que dejara de jugar con ella de aquel modo.
La mano de Gabriel ascendió por la pierna, subiendo el borde de la falda y dejando al descubierto las rodillas. Después rodeó con sus dedos la mano femenina que descansaba sobre el regazo.

—Termínatela.

Sabrina lo miró sin entender hasta que sintió que él introducía la ciruela, medio mordida, en su mano ¿De verdad esperaba que fuese capaz de morder y tragar la fruta en aquel mismo momento?

—Hazlo—dijo y luego sonrió de medio lado—. No querrás desperdiciarla, ¿verdad?

Sabrina no sabía que tenía de importante que ella se comiese la ciruela, pero si aquello servía para que de una vez por todas le hiciese todo lo que quería, no pondría ninguna objeción. Rodeó con sus dedos la fruta y se la llevó a la boca.

Gabriel sonrió satisfecho, volvió a inclinar la cabeza y comenzó a desanudar la cinta que rodeaba el tobillo del otro pie. Cuando estuvo desabrochado, dejó el zapato a un lado y rodeó sus tobillos, cada uno con una mano. Alzó la mirada y observó que ella lo miraba fijamente, con la ciruela a unos centímetros de su boca y masticando con lentitud. Estaba seguro de no haber visto una imagen más erótica que aquella en toda su vida. Deslizó las manos hacía arriba, aprisionando las esbeltas pantorrillas. Sus dedos vagaron por la piel desnuda, trazando la curva de sus rodillas y subiendo la falda del vestido cada vez más.

Sabrina mordisqueó apenas la ciruela, ahogando un gemido. Tenerlo de cuclillas entre sus piernas había sido uno de los muchos deseos que la habían acechado durante las noches que había pasado a solas en aquella misma cama. Y ahora lo tenía allí, justo ahí.

Él pareció leerle la mente.

— ¿Has fantaseado con tenerme arrodillado entre tus piernas?— las palmas extendidas de Gabriel subieron por el muslo, internándose bajo de la tela del vestido, allí donde la piel se percibí más caliente, más tierna. Todo ello lo hacía sin apartar la mirada de ella, cada reacción de la mujer lo incendiaba un poco más. Y ella no esquivaba su mirada, lo observaba curiosa, impaciente, excitada. Sí, podría darle lo que quería en ese momento y terminar ahí, pero no iba a hacer eso—. Sí, apuesto a que tantas veces como lo he imaginado yo, ¿cierto?

Sabrina asintió.

Gabriel subió más las manos y la punta de sus dedos rozó, sólo un instante, la fina tira de la ropa interior antes de retirar las manos de nuevo.

—No estás comiéndote la ciruela—observó y casi sonrió cuando la vio darle un gran mordisco a la fruta.

—Y tú no estás moviendo las manos.

— ¿Quieres que las suba un poco más?—sus manos volvieron a ascender por el muslo—. ¿O prefieres que vaya por otro lado?—deslizó la mano derecha hacía abajo, acariciando la parte interior del muslo.

—Ahí está bien—mordió la ciruela sin apartar los ojos de él.

— ¿Aquí?—las puntas de sus dedos rozaron la finísima tela de encaje que cubría su sexo. Estaba empapada y caliente.

Sabrina dio un respingo al sentir el ligero roce.

—Justo ahí.

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