Ciruela II. Habitación 226

/ 30.7.08 /


Sabrina observaba al desconocido de oscuros ojos que ocupaba el sillón de piel beige de la habitación 226. Su postura era extremadamente varonil, ligeramente recostado contra el respaldo del sillón, con las rodillas separadas y las piernas estiradas hacia delante.

Él la había seguido. Había escuchado el sonido casi imperceptible de sus pasos y la respiración masculina, levemente agitada, tras ella mientras él la seguía por el silencioso pasillo de la segunda planta. Escucharlo y saber que estaba excitado había hecho que su propia respiración se agitase y que en aquel momento, de pie ante él, se sintiese excitada más allá de lo imaginable aún cuando él no la había tocado. El hecho de saber que, en cierto modo, estaba haciendo algo prohibido hacía que un intenso calor se extendiese por su cuerpo, como la miel caliente sobre los bollos. Meter un desconocido en su habitación, un hombre que la hacía jadear sólo con una mirada, no estaba entre las cosas que solía hacer.

Había sentido un breve momento de pánico cuando había introducido la tarjeta electrónica en la rendija de la puerta, no estaba acostumbrada a comportarse así, pero ese momento, caliente y húmeda frente a él, no se arrepentía de haberlo dejado entrar.

Era una mujer bonita y atrevida, sensual incluso sin proponérselo. Gabriel acarició con su mirada la curva de sus atrayentes pechos y, de inmediato, observó cómo los pequeños pezones se endurecían, la fina tela del vestido los clareaba levemente. Sintió el impulso de acercarse y tomar aquella carne en su boca, rodear los endurecidos pezones con su lengua y succionar a conciencia hasta empapar su centro. En cambio, lo único que hizo fue alzar la mirada y clavar sus ojos en ella. No quería asustarla.

Estudió su rostro, no parecía asustada, sus mejillas estaban suavemente sonrojadas, los labios apenas separados, mostrando el breve atisbo de la promesa de su lengua, caliente y húmeda. Su boca parecía una deliciosa ciruela madura lista para ser saboreada y mordisqueada. Deseaba probar su sabor, sentir su humedad y su calor envolviéndolo. Aquel deseo lo había atormentado los tres últimos días.

Gabriel se levantó del sillón, con movimientos lentos, pero fluidos. Se acercó a ella del mismo modo en que lo haría un depredador, con la misma elegancia, con el mismo fin…devorarla.

Sabrina sintió una sacudida en la parte baja del vientre, su boca se resecó al incrementarse la velocidad de su respiración. Deseaba que él la besara, que le humedeciese los labios con su lengua y le diese de beber de su propia pasión.

La camisa de hilo se adhería a la espalda masculina. Verla excitada y dispuesta ante él había sacudido su cuerpo, le había hecho arder y ahora el sudor resbalaba por su espalda y perlaba su frente. Gabriel sabía que ella ya estaba lista, sabía que su sexo estaría resbaladizo y caliente, preparado para recibirlo y rodearlo. Pero él no deseaba sólo eso. Quería saborearla entera, devorar su boca de ciruela, lamer sus rojos labios y beber su delicioso jugo.

Se paró frente a ella, tan cerca que los endurecidos pezones femeninos casi rozaban su propio pecho. Sus respiraciones, secas y apresuradas, se entremezclaban entre ellos.

Gabriel alzó su mano derecha con deliberante lentitud y la posó en el hombro femenino, sus largos y flexibles dedos juguetearon brevemente con la tira del vestido sin apartar la mirada de su rostro, intentando absorber cada reacción, cada pequeño jadeo, cada rápido pestañeo de la mujer.

El contacto de la cálida mano masculina la estremeció de pies a cabeza, todos los poros de su piel se pusieron en alerta, el vello de su cuerpo se erizó y sus pezones se endurecieron aún más si cabía.

Él tiró suavemente de la tira del vestido, haciendo que ésta se deslizara y cayese floja sobre su brazo y dejando al descubierto una porción más del pecho izquierdo. La palma de la mano masculina siguió su recorrido, deslizándose a lo largo del delgado brazo de la mujer. Un toque en la parte interna del codo, una caricia apenas susurrada con sus dedos en la muñeca, allí donde el acelerado pulso latía. A su paso, la aterciopelada piel se erizaba deliciosamente a pesar del intenso calor que hacía en la habitación.

Gabriel cubrió con su mano la de ella y rodeó con sus dedos el pequeño bolso blanco que la mujer aún llevaba en la mano.

Ella no se lo impidió, apenas podía controlar su respiración, mucho menos iba a ser capaz de negarle algo al hombre que la tenía en aquel estado de excitación sin apenas haberla tocado.

El hombre abrió el bolso y metió la mano sin perder el contacto visual con ella. Sonrió de medio lado al tocar la suave y fina piel de la fruta. Rodeándola con los dedos, sacó la ciruela y, descuidadamente, echó a un lado el bolso.

Sabrina bajó la mirada y observó la fruta roja que el hombre rodeaba con sus flexibles dedos, sin saber por qué, aquella visión la excitó.

De nuevo, él acercó la mano a su brazo, esta vez acarició la piel de la mujer con la fruta y ascendentemente, primero por el antebrazo, después por la parte superior del brazo hasta llegar al cuello. Sus movimientos se hicieron más lentos al acariciar la curva del cuello y la delicada mandíbula. Gabriel aproximó la ciruela a su boca y rozó con la fruta los labios cerrados de ella. La suavidad de la piel de la ciruela contra la suavidad de los labios femeninos.

—Muerde—ordenó él en un ronco susurro.

Sabrina obedeció de inmediato, abriendo la boca y dejando al descubierto una dentadura perfecta. Hundió los dientes en la ciruela que él sujetaba contra su boca. El rojizo jugo de la fruta resbaló por la comisura de su boca y sintió como un par de gotas caían directamente sobre su clavícula derecha.

Gabriel la observó ensimismado morder la ciruela, su sexo dio un respingo que le sacudió el cuerpo entero. Apartó la fruta de su boca y, mientras ella masticaba el pedazo que había mordido, se inclinó suavemente y lamió el jugo que había caído en la clavícula de la mujer. El sabor de su piel unido al sabor de la fruta lo embriagaron. Ella gimió quedamente y aquel gemido amenazó el control que Gabriel había estado manteniendo durante todo el tiempo. Pasó la lengua por la garganta al mismo tiempo que ella tragaba.

Sabrina gimió y sus pezones se endurecieron. Un escalofrío recorría su espina dorsal. La caricia ascendente de su lengua mientras tragaba el pedazo de fruta le había provocado sensaciones hasta entonces desconocidas.

Pensar que aquello sólo era el principio hacía que sus piernas flaquearan.

Ciruela I. La invitación

/ 29.7.08 /


Se moría por saborearlo. La atracción que sentía por aquel desconocido nunca la había sentido por nadie. Quizás fuese su mirada, demasiado oscura, demasiado ardiente… o quizás fuese su forma de seleccionar la fruta que luego iba a comer.

Todas las mañanas se cruzaban en la puerta del comedor del hotel, casi parecía que estuviesen sincronizados. Siempre era él quien le cedía el paso, apartandose apenas y, cuando ella pasaba junto a él, su hombro rozaba el pecho masculino. Sus miradas se encontraban brevemente en aquel momento.

La mujer se sentaba en una mesa apartada, dejaba su pequeño bolso sobre el mantel y se acercaba a la barra del bufete libre, donde tomaba un par de tostadas, un bollo y mermelada. Regresaba a la mesa y dejaba allí el plato con la comida para poder ir a por un café. Siempre elegía lo mismo, una taza de café con leche con tres tarroncitos de azúcar.

Él la observaba, sabía de memoria la rutina que llevaba todas las mañanas. Seguía cada movimiento con su mirada, la forma en la que el liviano vestido veraniego oscilaba sobre sus caderas y el modo en el que la tela se pegaba a sus curvas. Le agraba ver cómo sus dedos se curvaban cuando tomaba el cuchillo para esparcir la mermelada sobre la tostada y cómo se pasaba la mano por la nuca, quizás algo molesta al sentir la mirada masculina clavada en ella o quizás lo hacía deliberadamente para incendiarlo más de lo que estaba.

Al terminar el desayuno, se levantaba e iba a la mesa en la que había una gran variedad de fruta. Era en aquel momento cuando él también se levantaba y se aproximaba.

Ella sabía que él la seguiría, como lo había hecho las tres últimas mañanas, y era por eso que se entretenía adrede en el frutero, caminando lentamente en torno a él e intentando decidir qué fruta escoger. Observaba de soslayo al hombre, le gustaba como miraba la fruta, estaba completamente segura que miraría del mismo modo a una mujer desnuda. Sí, lo haría como si se tratase de un manjar. Un intenso calor recorrió su cuerpo al pensar aquello.

Las manos femeninas, de largas uñas esmaltadas, se mantenían suspendidas sobre la fruta. Sus delgados dedos se movían como si estuviese tocando las teclas de un piano imaginario, primero sobre el frutero lleno de deliciosos kiwis, después sobre el de rojas ciruelas. Parecía indecisa.

—Yo elegiría las ciruelas, son del mismo color que tus labios— ella alzó la mirada nada más escucharlo y clavó sus azules ojos en él. Asombrada en un primer momento. Sus ojos demasiado abiertos, la boca ligeramente entreabierta.

En aquel mismo instante supo que algo había cambiado, que aquel era el momento que tanto había esperado. Lo supo por la forma en la que le habló, con un ronroneo aterciopelado, y por cómo miraba sus labios, parecía a punto de morderlos y saborearlos del mismo modo que lo haría con una ciruela. Se pasó la punta de la lengua por los labios, sin dejar de mirarlo.

— ¿Te gustan ?—haciendo un leve gesto con la cabeza, señaló las piezas de fruta rojas.

—Me encantan— respondió, pero su mirada continuaba clavaba en sus labios, dejando claro que no se refería a las ciruelas.

Ella sonrió levemente. Sabía que se trataba de algún tipo de invitación, si cogía la ciruela aceptaba la invitación, fuese cual fuese; si no cogía la fruta, la rechazaba. Tuvo que controlarse para no lanzarse de cabeza a la cesta.

—Entonces, cogeré una— acercó su mano a la cesta, con deliberante lentitud, y rodeó con los dedos una de las ciruelas. La sintió fresca y resbaladiza contra la palma de la mano.

Dio media vuelta y, sin decir nada más, regresó a su mesa. Tomó el bolso blanco e introdujo dentro de él la ciruela. Después caminó hacia la puerta de salida, sin mirar atrás en ningún momento.

Sabía que él la seguiría.

Soy un vampiro I

/ 28.7.08 /
A lo largo de mi vida…espera ¿mejor sería decir de mi muerte? Bueno, supongo que las pequeñas apreciaciones que carecen de importancia podemos dejarlas para más tarde. Así que, como iba diciendo, a lo largo de mi vida he escuchado infinidad de veces aquello de la curiosidad mató al gato y estoy empezando a plantearme que la expresión sería mucho más acertada si cambiásemos ese gato por humano. La curiosidad mató al humano. Sí, eso queda muchísimo mejor y se acerca mucho más a la realidad. Si no que se lo digan al estúpido humano que descansa muerto a menos de cuatro metros de mi. Sé que te estarás preguntando si lo maté yo, ¿cierto? Aclararé que, a pesar de ser un vampiro, yo no fui quien robó su vida. Los humanos son seres inofensivos, débiles, no plantean ninguna amenaza y matar alguno de ellos iría en contra de mis principios (sí, algunos vampiros tenemos principios) porque no estaríamos en igualdad de condiciones. Si no tenía suficiente luchando contra los rebeldes que se han alzado contra mi señor, a eso hay que sumarle ahora el deber de proteger a los humanos. Protegerlos de los rebeldes y, cómo no, de ellos mismos, de su estúpida curiosidad.

Puedo entender la curiosidad, incluso envidia, que despertamos en los humanos. Les encanta lo desconocido y, además, somos su ideal. Sí, Sí, su ideal. Somos inmortales y no envejecemos, no padecemos enfermedades y disfrutamos del sexo con mayor intensidad de la que jamás podría disfrutar ningún humano. A esto hay que añadirle que ninguna regla rige nuestra existencia, salvo las que nosotros mismos nos implantamos. Una de mis reglas, como ya he mencionado, es la de no matar a ningún humano, aunque, como ya se sabe, todo regla tiene su excepción.

Creen que el único fin de nuestra existencia es complacer nuestros más oscuros deseos, pero no saben lo engañados que están.

Ningún humano creería, por ejemplo, que un vampiro cualquiera tomase el diario de un humano, que permanece muerto a unos metros, para escribir en él todo aquello que diría para desengañarlo. Un diario en el que contar la verdadera vida de un vampiro.

Pero aquí estoy, escribiendo todo aquello que le hubiese dicho al estúpido humano muerto que hay ante mí. Quizás eso me ayude a quitarme el peso de la culpa por no haber llegado a tiempo.

Bah, ¿A quién quiero engañar? Estar encerrado aquí, escondido del sol, más de diez horas al día, es una razón más que suficiente para encontrar algo que hacer. Además, siempre me gustó escribir.

Está a punto de anochecer, ya siento el cosquilleó en mi nuca, pronto la aterciopelada oscuridad cubrirá la ciudad y, entonces, saldré de caza.

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