No me digas nada, hoy quiero soñar

/ 30.11.08 /

Hoy me apetece soñar un poco. Me apetece bailar bajo la lluvia y que los mechones mojados se peguen a mi rostro. Me apetece silbar y cantar una entusiasta melodía.

Hoy me apetece un baño de chocolate con gel de nata y champú de miel. Me apetece una macedonia de sueños e ilusiones, rociada con jugo de frutas.

Hoy me apetece pintar un sol en tu tristeza y una luna en tu alegría. Me apetece salir a la terraza y ser rodeada por el viento.

Hoy me apetece alzar los pies de tierra y posarlos en tus nubes. Me apetece no tener obligaciones.

Hoy me apetece un secreto, un lugar oscuro. Me apetece una sonrisa escondida, una palabra velada.

Hoy me apetece…

Hoy me apeteces tú, en pequeñas y secretas dosis. Me apetece un beso de café y un abrazo de azúcar.

Hoy me apetece un postre de palabras y un dulce de susurros.

Hoy me apetece soñar un pequeño sueño.

Limón III. La necesidad

/ 17.11.08 /


Jadeó quedamente e, inexplicablemente, una excitación hasta entonces desconocida se extendió por todo su cuerpo. A gran velocidad, casi con brusquedad. Como un manotazo en plena cara.

La caliente respiración de Daniel revolvía los mechones más cortos de su nuca y el calor de su cuerpo la envolvía entera. No había contacto directo, salvo el roce de sus labios en el cuello y la mano masculina sobre la suya, pero ese simple contacto era el más erótico que había recibido nunca. Una deliciosa sensación recorrió su cuerpo, endureciéndole los pezones y humedeciéndole la entrepierna.

No sabía la razón de su reacción, lo único que sabía era que quería más.

—Daniel… —era un trémulo ruego, aunque quizás había sonado como una advertencia.

—Shhh…Déjame sentirte unos minutos más entre mis brazos —la suave piel de sus labios volvió a rozar el sensible rincón detrás de su oreja. El contraste entre la suavidad de sus labios y la aspereza de su corta barba ponía en alerta cada terminación nerviosa de su cuerpo.

Ángela, casi imperceptiblemente, se apretó contra él, en una muda invitación. O quizás en una invitación en un lenguaje que sólo entendían sus cuerpos. Escuchó el profundo suspiro de Daniel tras ella.

—Joder, no sabes el tiempo que llevo soñando esto. Ya no sé si esto forma parte de una de mis fantasías o realmente está pasando —su voz sonaba enronquecida y aquel bajo susurro logró calentarla entera.

Ella tampoco sabía si realmente todo aquello estaba pasando. Daniel, el pequeño Daniel, al que conocía desde hacía tantos años, apretado detrás de ella; empujando una incipiente erección contra su trasero; confesándole que había sido la protagonista desde hacía años de sus fantasías y sueños.

Definitivamente, era algo que no podía creer.

Pero lo deseaba, en ese momento y en ese lugar.

Perdió el hilo de sus pensamientos cuando sintió una mano cálida, algo áspera, en su muslo. Una mano que ascendía con una lentitud casi tortuosa, arremangando la fina tela del vestido a su paso. Dejó escapar el aire mientras apoyaba la mano izquierda sobre la encimera.

—Te sientes más suave de lo que había imaginado —la mano seguía subiendo con excesiva lentitud—. Más caliente —su pulgar rozó la curva del trasero femenino—. Dime, Ángela, ¿eres real? —presionó su cuerpo contra el de ella, acercándola más a la encimera.

Ángela era incapaz de hablar, incapaz de juntar unas pocas palabras y formar una frase coherente. Quería hablarle, decirle cuánto lo deseaba en ese momento; pedirle, no, rogarle que deslizase la mano entre sus muslos y aliviase aquel lugar que por momentos requerían más atención; implorarle que tomase entre sus manos los tirantes pechos y atendiese sus pezones.

Pero era incapaz de articular palabra, incapaz de moverse.

Volvió a sentir su aliento en la nuca.

—Dime que eres real —sintió sus dientes en un suave mordisco.

—Daniel —hizo además de girarse, pero él se lo impidió.

—No me rechaces, ahora no —la mano ascendió, pasando por alto la unión de sus piernas y posándose extendida sobre su vientre—. Puedo sentir tu excitación, puedo olerla incluso.
Un jadeo ahogado escapó de los labios de Ángela.

—Necesito que me toques —los dedos juguetearon sobre su vientre.

— ¿Dónde quieres que lo haga? —esta vez, sus dedos rozaron la cinturilla del traje de baño, recorriendo con el índice el borde.

Ángela no respondió, presionó su trasero contra él y comprobó de primera mano cuán excitado estaba Daniel.

—Dime dónde, Ángela.

Ángela, obedeciendo, alzó la mano de la encimera y la colocó sobre la de él, sobre la que jugaba con el borde de la braguita de baño, y, dejando a un lado la timidez, la condujo a su húmedo y necesitado centro.

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